Editorial | La oposición

Lo de ser la oposición no va de etiquetas, va de programas. Lo que nos jugamos es el camino que ha de seguir nuestro país en los próximos años. Las fuerzas económicas que utilizan al Partido Popular, Ciudadanos y PSOE para gobernarnos quieren que entremos en un camino de no retorno. Con la boca pequeña se excusan los tres partidos diciendo que es un compromiso ineludible que viene de Europa, pero ocultan que han apoyado desde el principio a sus socios europeos en la definición de un itinerario que quieren que sea rápido e irreversible. Si les dejamos, un día nos despertaremos en un mundo nuevo en el que el proyecto de estado del bienestar será un recuerdo vago, una utopía inalcanzable, y nos tendremos que acostumbrar a unas condiciones de vida infinitamente peores que las de las generaciones pasadas.

El programa político que, por ser amable con las palabras, se conoce como la austeridad, y que es la clave del acuerdo implícito que ha hecho posible que el PSOE se vaya con el PP y no con Podemos, es muy duro para la democracia y para la gente, y ya está generando en el mundo desarrollado reacciones políticas virulentas que encajan en la etiqueta de algo así como el “populismo de derechas”. La energía popular que se desencadena cuando se atacan los derechos más elementales y se condena a vivir en la pobreza crónica a quienes han formado parte de la clase media puede desbordarse de muchos modos. A los más poderosos les preocupa que pueda ser el germen de un movimiento que llegue a ser efectivo a la hora de reducir los privilegios, acabar en serio con la corrupción, hacer real la democracia e incrementar la justicia social en la distribución de las inmensas riquezas que producimos. De modo que alientan las alternativas “populistas” que ponen el acento en el racismo, la insolidaridad y el miedo. A cuenta de la austeridad, la Historia puede entrar en una deriva peligrosa y violenta, centrada en un enfrentamiento en falso entre las fuerzas que se arrogan la etiqueta de democráticas, pero defienden el programa de recortes y privatizaciones, y las nuevas formas de autoritarismo nacionalista y xenófobo, eso que en los años treinta del siglo XX se conoció como fascismo.

Podemos tiene una enorme responsabilidad histórica, entre otras cosas porque es un fenómeno esperanzador al que dirigen su mirada millones de personas de todo el mundo que necesitan una alternativa a la elección brutal entre lo muy malo y lo peor que nos quiere ofrecer el régimen. La sociedad necesita instrumentos para defenderse de los embates de la Historia. Eso es Podemos. Un instrumento para luchar por lo elemental, para que nuestros hijos y nietos tengan un futuro democrático con posibilidades de una vida digna para todos y no un infierno invivible de explotación, precariedad, desempleo, emigración y desastre medioambiental.

En Castilla y León, la dicotomía es particularmente grave. La utopía mercantilista y desalmada a la que nos conduce el tripartito del régimen pinta una comunidad despoblada y subdesarrollada, un territorio abandonado, sin custodia y sin rastro alguno de los modos de vida tradicionales ni del acervo cultural de nuestros mayores. Descenso de salarios reales, incremento exponencial de la precariedad, abandono de los servicios básicos en el medio rural y una tierra desierta de jóvenes y, por tanto, sin futuro, son algunos de los rasgos principales del panorama que puede afianzarse en esta comunidad autónoma si no frenamos pronto las políticas de ajuste a las que la gran coalición, en su modelo vergonzante made in Spain, dará una nueva vuelta de tuerca en esta legislatura.

La oposición, por tanto, no es cosa de postureo o discusiones terminológicas. Tampoco puede desarrollarse en la burbuja parlamentaria, flotando fuera del alcance de la mayoría social progresivamente desahuciada de sus derechos. La oposición es presentar batalla en las Cortes y en la calle. Es momento de reorganizarse y asumir que estos no son tiempos normales porque los que nos gobiernan están minando los fundamentos de la normalidad y el único freno posible es que nos organicemos, que cedamos un poco de nuestra vida normal a la lucha por el futuro de nuestros hijos y nietos.

Nos vemos, pues, en las calles y en las Cortes, resistentes y a la vez portadores de esperanza.