Intimidad y democracia

La indiscutible polémica cen­trada en Irene Montero y Pablo Iglesias no se basa en la adqui­sición de una vivienda, por mucho que esté valorada en seiscien­tos mil euros. Ni siquiera es una cues­tión de privilegios o incoherencias en­marcados en un pensamiento social y político defendido desde el origen de Podemos. Entran en juego el derecho a la intimidad y a la privacidad de las personas, al margen de que éstas se­an líderes de la tercera fuerza política en España, la única con capacidad pa­ra agitar el árbol dormido y caduco de la política española.

Desde su fundación, Podemos ha sido objeto de una persecución y es­crutinio desmesurados, examinada la formación al detalle por la osadía de constituirse en portavoz de la gente sencilla. Censurada por ponerle nom­bre y apellidos a los problemas (pode­res fácticos, capitalismo ‘de amigue­tes’ y corrupción rampante) y atrever­se a proponer cambios profundos y reales que hacen temblar a los pode­rosos, quienes gobiernan tranquilos desde sus grises despachos.

Por combatir a Podemos se han permitido los más nefastos trampan­tojos: mentiras, interpretaciones tor­ticeras, medias verdades, actuaciones afortunadas (y menos afortunadas), desvirtuadas hasta la caricatura. Por último y como colofón, el acoso a la intimidad, a la privacidad elemental, un corolario hipócrita con el que se desgarran las vestiduras los que in­tentan disfrazar una decisión perso­nal de incoherencia doctrinal, como si sólo en el barro de la trinchera pu­dieran defenderse planteamientos sociológicos.

Frente a tan burdos ataques, Pablo Iglesias e Irene Montero no sólo se han prestado a dar más que notables ex­plicaciones sobre la adquisición de la vivienda, sin omitir detalles como cuantía de la hipoteca,  plazos, cuotas mensuales e intereses; además, han ofrecido una respuesta inesperada que ha sumido a toda una legión de politólogos, comentaristas de sobremesa y manipuladores de la informa­ción, en la más absoluta perplejidad, quedando mudos e inanes.

Ni la adquisición de la vivienda se debe a un intento de aprovechar la co­yuntura innmobiliaria, ni a un enrique­cimiento ilícito o dividendos de comi­siones; es más, como el resto de car­gos de Podemos, Irene y Pablo están sometidos a la limitación salarial impuesta por la organización. Por ello, cuesta creer que la compra de una re­sidencia haya derramado más tinta en los últimos días que la detención de Eduardo Zaplana a manos de la Guardia Civil o la condena a treinta años de prisión que pesa sobre Luis Bárcenas.

Pablo e Irene se han servido del as­pecto fundamental y referencial que constituye el partido al que represen­tan: la Democracia; regidora suprema de todo partido que se precie, instru­mento para la libre expresión de los inscritos e inscritas, gracias a la que se constatará que ambos están legitima­dos para seguir dirigiendo el proyec­to, para ejercer las funciones que todo el organismo de Podemos les ha con­ferido, y que su credibilidad es indis­ cutible.

No hay mejor portavoz para Pode­mos que Irene Montero; no hay nadie mejor para liderar Podemos que Pa­blo Iglesias.

Hasta el próximo domingo, éste es el proceso en el que se encuentra in­merso el partido. Hemos habilitado los medios necesarios para que ins­critos e inscritas analicen su concien­cia y expresen su opinión. Sólo el des­dén irracional de algunos explica que no se entienda el procedimiento co­mo una nueva lección de democracia interna. Ni el ruido ni la furia desca­bezarán al único partido con valor pa­ra enfrentar a los intocables. A ellos lanzo un mensaje, a quienes tanto di­nero  y esfuerzo invierten en destruir Podemos: se suma a sus fútiles esfuer­zos la peor de las noticias: que de la actual situación sobrevenida, surgirá un partido aún más fuerte, sólido y cohesionado, porque sí se puede.