La media de edad de los habitantes de la provincia de Zamora se encuentra cerca de los cincuenta años de edad. Esto significa que supera en tres años a la media de Castilla y León, en cinco a la de Valladolid y en siete a la media del país. A excepción de Ourense, no hay otra provincia del Estado en peor situación. Estos datos del INE, junto a su proyección de población a corto plazo, advierten que Zamora está en la fosa de un país que, junto a Japón y Eslovaquia, es de los más envejecidos del mundo, según datos del Fondo de Población de Naciones Unidas.

Más allá de números macroeconómicos relacionados con la vejez, como la hucha de las pensiones o el mantenimiento del sistema de salud, nadie escapa a advertir, al pasear por alguna de las calles principales de la capital, como son Santa Clara y San Torcuato, que no es tierra de jóvenes… por no hablar del cementerio de pymes. Esta falta de relevo generacional se puede agravar por la posibilidad de desaparición de cinco carreras del Campus Viriato, por el deficitario cupo de alumnos del cual habla un reciente informe del Tribunal de Cuentas de Castilla y León.

A pesar de ello, la capital vive desde hace unos meses una eclosión cultural que todavía se encuentra en fase muy temprana, pero que ha dado algunos frutos como festivales en balcones, cronistas alternativos o intervenciones de arte urbano en edificios de la ciudad.

Estos ejemplos, junto a nuevos negocios o nuevas formas de entender las tradiciones, pueden echar raíces para que, por ejemplo, el turismo sea más constante y menos concentrado en la primera luna llena de la primavera.

Las instituciones deben tener los ojos, oídos y corazón puestos en la mayoría social. Deben ayudar a crear el modelo productivo, social, educativo y político que exige el S. XXI. De otro modo, estos actos heroicos, ya vengan del tipo de emprendimiento que sea, se cimientan en arenas movedizas.