Municipalismo y diputaciones

O cómo poner al lobo a cuidar de las ovejas

PODEMOS SORIA.-

Hay datos sumamente elocuentes: el 70 % del presupuesto de un pequeño ayuntamiento lo gestiona la Diputación. El 90 % de los recursos de personal de la administración local los tiene la Diputación. La práctica totalidad de los funcionarios que antes se dejaban ver por los pueblos han desaparecido. Basuras, mantenimiento urbano, alumbrado, cultura, educación, dependencia y asistencia social, mejoras de infraestructuras, etc… se mantienen con subvenciones que graciosamente concede la Diputación. A estos ayuntamientos les queda el secretario (el mismo para cuatro o cinco municipios), que es el encargado de solicitar todas esas subvenciones a la Excelentísima Diputación. ¿Qué autonomía les queda a los representantes de estos municipios para decidir sobre su destino? Ninguna, el patrimonio cultural de cada municipio o entidad menor está abandonado a su suerte.

Y sin embargo, la belleza y peculiaridad de los pueblos, la identidad de su paisaje, todo eso que tanto admiramos del mundo rural ha sido gestado y cuidado por sus gentes, sin necesidad de benefactores externos. Pero ahora pareciera que son más como una reserva india: seres que decoran, pero inútiles para la gestión, por lo que necesitan la tutela de la capital. Es posible que, para algunos, esta tutela total de las diputaciones sea una opción para el mantenimiento de los pueblos —de escaso éxito a la vista de la despoblación a que hemos llegado— pero hiere al entendimiento que se autodefinan como municipalistas. Y lo cierto es que cada vez que hay la más mínima posibilidad de que se cuestione la existencia de las diputaciones, los regidores provinciales no paran de hacer declaraciones en este sentido. Ocurrió en 2011 cuando lo planteó Rubalcaba (tuvo que retractarse); ocurrió en 2013 con la aprobación de la Ley de Ordenación del Territorio por parte de la Junta de Castilla y León (hasta que el poder provinciano no se aseguró de que se podía bloquear, no se aprobó). Ha ocurrido con la publicación del mapa de UBOST* (ese poder se está encargando de que esta mínima planificación pase desapercibida); y pasa ahora, cuando la virginidad de Ciudadanos ha impuesto esta condición al señor Pedro Sánchez. Pero Pedro es un urbanita que no entiende de estas cosas de pueblo y por eso ha tenido que venir el socialismo municipalista a poner las cosas en su sitio.

Este clientelismo que debería haber desaparecido en el estado autonómico, ha sido somatizado por los partidos tradicionales. El rédito que esto reporta es fácil de deducir, lo mismo que el daño que se hace al medio rural: desafección hacia la política, aislamiento de los pueblos pérdida de autoestima y, sobre todo, desarraigo y despoblación.

No se puede mirar al medio rural como meros lugares de donde sacar cosas: votos, dinero de la PAC, kilos de trigo o de carne, una foto de un paisaje inédito o el recuerdo de una vivencia de la infancia. Ha llegado el momento en el que, por justicia y por necesidad, es necesario poner en sus manos la capacidad de gestionar sus propios servicios y los recursos para las inversiones estructurales y de desarrollo rural que tanto gusta manejar desde fuera.

Si este modelo vigente ha contribuido a generar esta brecha territorial (poblacional, de rentas, de calidad de vida, de capacidad de gobierno), por qué no se comienza dinamizando el medio rural, promoviendo mancomunidades, llevando servicios y recursos a las comarcas, invirtiendo en desarrollo territorializado y haciendo que la propia población, a través de sus ayuntamientos, no solo sea la gestora de su propio futuro, sino que tenga capacidad de intervención en todas las acciones que se realicen en su territorio. 

Eso y no otra cosa, entendemos, es municipalismo.

* Unidades Básicas de Ordenación y Servicios del Territorio.